Ponciano era ciudadano romano, hijo de Calpurnio y fue elegido Papa en un momento en que la Iglesia se encontraba dividida en Roma. En el año 217, Hipólito, un presbítero romano, había desconocido la autoridad del Papa San Ceferino, lo que provocó un cisma que se prolongó en los siguientes papados de Calixto I (218-222) y Urbano I (222-230). Hipólito tampoco reconoció a Ponciano como Obispo de Roma, y por esto se lo considera el primer antipapa, es decir el que se arroga la condición de Papa sin haber sido elegido canónicamente.
Si bien eran tiempos difíciles, el comienzo del papado de Ponciano pudo gozar de relativa calma con respecto al poder Imperial, ya que Alejandro Severo no era partidario de la persecución a los cristianos. Pero en el año 235 el Emperador decidió emprender una campaña contra los germanos y durante un motín fue asesinado por sus tropas. En su reemplazo las Legiones proclamaron al General Cayo Julio Vero Maximino, conocido como Maximino el Tracio, que inició la era de Emperadores militares en Roma y retomó la política tradicional contra el cristianismo. Por orden de éste Ponciano e Hipólito fueron condenados al destierro y a trabajos forzados en las minas de Cerdeña, donde murieron reconciliados en el martirio.
Para evitar que la Iglesia quedáse sin cabeza, antes de partir a Cerdeña, San Ponciano anunció a los fieles que abdicaba como Obispo de Roma, para que puedieran elegir un sucesor, que fue San Antero, martirizado también a los cuarenta y tres días de asumir el Pontificado.
Diario Clarín
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