En la primavera europea del año 313 en Mediulanum (la actual ciudad de Milán) se reunieron los dos hombres más poderosos de la época para sellar su alianza y dividirse el Imperio Romano en Occidente y Oriente, los augustos Constantino y Licinio. Allí acordaron una serie de decisiónes imperiales de las cuales una tendría consecuencias más perdurables que las disputas del poder político: el Edicto por el cual cesaba la persecución a los cristianos y se les reconocía el derecho de practicar públicamente su fe. Como ha señalado el Papa Francisco al conmemorarse 1700 años de esa desición, el Edicto de Milán ayudó a difundir más el Evangelio y a catequizar Europa. En efecto con la caída del Imperio Romano de Occidente y la mezcla de culturas que aparecieron, se volcaron a la conversión al cristianismo. Al mismo tiempo esto planteó a la Iglesia grandes desafíos en todos los ámbitos, la doctrina, la liturgia, la organización eclesial, la autoridad del Papa como sucesor de Pedro y las relaciones con los poderes terrenales.
Diario Clarín
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